
A la hora de abordar los problemas de normalización de las situaciones políticas en Afganistán e Irak, es frecuente leer el comentario relativo a la ausencia de referentes democráticos válidos en el entorno, cultural y geográfico, que sirvieran de impulso normalizador; el colofón a esta percepción lleva a intentar la implantación del modelo democrático occidental en países con una estructura económica y social muy debilitada tras más de dos decenios de confrontaciones y aislamiento internacional.
El impulso al esfuerzo democratizador se apoya en la reimplantación de las élites exiliadas en occidente, que regresan imbuidas de la bondad del modelo político occidental pero, desgraciadamente, desvinculadas de las vicisitudes, breves y recientes pero muy impactantes y dramáticas, que han vivido sus países de origen.
Otro argumento repetido que avala el experimento de trasplante democrático se refiere a la polémica inexistencia en las sociedades islámicas de cuerpos sociales con capacidad para desarrollar una democracia autóctona o a su inmadurez política, con un reiterado recurso a los sistemas autoritarios. Los argumentos anteriores se vinculan a la extendida creencia en el carácter fatalista de la fe musulmana, que actuaría como atrofiante de cualquier impulso renovador, impidiendo la natural evolución de sus sociedades a la madurez democrática.
Sin embargo, todos estos argumentos parten de una, auto asumida, ceguera de los países occidentales que al objeto de obviar los escrúpulos éticos que se interponen en sus actividades comerciales con los países en desarrollo, imponen un doble rasero en los estándares sociales y de gobierno, en sus relaciones con los países en desarrollo, dentro de los cuales se encuentra la totalidad del denominado mundo islámico.
Así, se da la paradoja de que ese mundo islámico, tan crítico con occidente, viva mayoritariamente en pases autoritarios (bien de naturaleza dinástica como presidencialista), cuyos gobiernos no sólo cuentan con un fuerte respaldo de occidente, sino que en muchos casos, incluso son considerados como garantes de estabilidad en sus respectivas regiones.
La realidad es y ha sido muy distinta, las sociedades autóctonas de estos países siempre han contado con personalidades que han explorado las posibilidades que ofrecían las distintas vías políticas al futuro de sus países, si bien su aplicación siempre estuvo marcada por el anhelo de librarse del yugo del colonialismo (bien de forma directa como fue el caso de los países del norte de Africa o por las capitulaciones y zonas de influencia que atenazaban el ámbito del Imperio Otomano) y tomar el control de los recursos naturales de sus países para su propio desarrollo. Por ello, es precisamente occidente quien apoya a gobiernos anacrónicos, que mantienen subyugada a una población alienada, pero que garantizan la continuidad de la acción expoliadora de las empresas multinacionales occidentales, manteniendo los privilegios de la anterior época colonial.
Ante la falta de libertades políticas que propician los regímenes autoritarios, la única alternativa de movilización social viene de mano de la religión; tal como ocurrió en América Latina con la Teoría de la Liberación, único foro viable ante la represión de las dictaduras militares, ocurre en el mundo islámico con las organizaciones de asistencia social que suelen aparecer vinculadas a las madorés o centros de enseñanza islámicos. Es precisamente este carácter social el que da tanto empuje al movimiento político islamista frente a otros competidores que emulan corrientes políticas de corte occidental, más interesados en buscar apoyos en occidente que en solventar los problemas de sus propios conciudadanos.
Exponente de todo esto fue la revolución Iraní de 1979, aunque la actividad política de partidos de izquierda (Tudeh) y liberales fue continuada durante el reinado del Shah, nunca fueron capaces de arrastrar el entusiasmo popular, y solamente cuando el clero, disipado el miedo a que la caída del régimen monárquico conllevara el paso a un régimen comunista, se desmarca de su apoyo al Shah y comienza su actividad revolucionaria, eclosiona la actividad popular y tiene lugar la más entusiasta y popular de las revoluciones con una movilización muy superior a cualquier otra en la historia.
Sin embargo, lo que en Europa se habría considerado un ejemplar movimiento de liberalización frente a un gobierno autoritario, con unos niveles de violencia y derramamiento de sangre muy reducidos, se demoniza en su conjunto con el pretexto del giro posterior que da la revolución tras ser secuestrada por nuevas élites deseosas de tomar para sí las riendas del país y capitalizar los beneficios económicos, situando todo el proceso en la senda de la involución bajo el yugo de un aparato represivo que supera al SAVAK en brutalidad.