jueves, julio 13, 2006

Aquellos ojos negros….


Recuerdo las terribles miradas que echaban los kabulíes al vernos pasar en convoy por las calles de su capital; fijas y de una intensidad brutal eran el reflejo de las condiciones en que sobrevivían. Parecían contrastar con la alegría y vitalidad de los niños, siempre arrastrados por su curiosidad a aproximarse.
No se como ocurrió, pero un día respondí a una de esas aterradoras miradas con una sonrisa y un saludo de manos y mi sorpresa fue mayúscula. La cara del kabulí se trasmutó en la de un sonriente niño de ojos brillantes. La retroalimentación fue inmediata y puse en práctica mi reveladora experiencia con un índice de éxito del 100%, luego refiné la técnica obsequiando mi chocolatina del desayuno a un adulto en lugar de al niño de turno y en definitiva dedique más atención (aparte de la protocolaria) a aquellos paisanos que desde un discreto segundo plano se interesaban por lo que hacíamos los “infieles extranjeros”.
Aquel teniente Drogo que era, se había caído del bastión, desde donde ensimismado observaba su particular desierto de los tártaros, y había ido a dar de bruces con el terrible Hají Murat que, a su vez, le había estado observando tras su mata de cardos.
Ambos se reconocieron como humanos, no se si llegaron a comprenderse, pero se vieron hechos de la misma materia.

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